Hola:
Me hubiera gustado verte y estar contigo
en esta Pereira de la que tanto hablas. Sobre todo en esa Pereira que tú
describes como una ciudad que le ha abierto el espacio a lo cultural.
El primer día que llegué lo primero que
me dijiste fue que me habías hecho una reserva en un hotel del centro de la
ciudad, el cual disfruté mucho, pero había una nota en la recepción que me
habías dejado, donde me decías que esa misma noche había un concierto de jazz
en la sede cultural del Banco de la República. Me acordé de vos. Siempre me
decías que la sede del Banco tenía planes culturales cada fin de semana.
Me hospedé. Tomé un primer café. Me
cambié de ropa y a la espera de tu llamada, que nunca llegó, me dirigí hacia
el lugar recomendado. Caminar por estas calles desconocidas, en medio de
vendedores ambulantes con megáfonos estridentes y venta de frutas en las
esquinas, fue toda una sorpresa.
Los centros de las ciudades están
atiborrados de rebuscadores, de pequeñas bataclanas que ofrecen su cuerpo y de
carros que pitan hasta el cansancio. En medio de todo éste desorden, se
encuentra el Banco de la República donde se reúne buena parte de la cultura de
la ciudad. Nunca llegaste.
A la salida de concierto, el cual se
llevó todos los aplausos, un funcionario me entregó la programación del
Festival Internacional de Poesía. En el plegable decía que contaba, entre
otros, con el apoyo de la emisora cultural Remigio Antonio Cañarte. Me acordé
de nuevo de vos, cuando me decías que la estación radial ajustó 21 años
promoviendo la cultura en las ciudades que conforman la región cafetera.
En la puerta del lugar, un nuevo volante
llegó a mis manos con una ilustración muy bien acabada, la cual me invitaba a
La Cuadra, actividad que llegó a sus 10 años, donde se aprecia una muestra
artística y plástica de la ciudad.
La brisa me pegó en el rostro, miré
hacia ambos lados de la calle. Vi como el Megabús irrumpía en el centro y salí
hacia -La Cuadra-. Atravesé la imponente Plaza Cívica, crucé por el puente metálico
y al llegar a la calle, una joven de figura delgada que hacia malabares y
botaba fuego por su boca, me dio la bienvenida a la Circunvalar. No te vi. El
pulso se me aceleró.
Llegar al lugar fue alentador. Me
recibió el toque de una banda de nombre, Papá Bocó, la cual prendió los
motores de la fiesta en la calle. Me metí en medio de la gente que se movía con
el baile hasta que llegué al taller de Chucho Calle. Olía a oleos y paletas
de pintura que en minutos me rodearon. Vi cuadros de mediano formato con
paisajes urbanos que me atraparon la mirada. 9:10 de la noche y tú no
aparecías.
Al salir del lugar, el violín de
Guillermo Gómez se escuchaba en esa esquina y la atención se la llevó con su
música y su capa, llenando de emoción la noche, que era vigilada por una lluvia
de estrellas y una luna blanca plana que acompañó la fiesta.
Dos, tres vinos blancos y hacia las 11
de la noche estuve de regreso en el hotel, donde creí verte, pero el señor de
la recepción hizo un gesto con sus ojos que indicaban que nadie había venido.
Antes de dormir me acompañó la televisión local donde vi un informe, que
contaba que ese fin de semana se realizaba en Pereira el Convivencia Rock,
encuentro de bandas en el parque Olaya Herrera. Sonreí y me dije en voz baja:
nuevo plan para mañana.
Hacia la 10:00 de la mañana, la radio
informaba que dos hombres habían sido muertos a bala en un conocido barrio de
la ciudad, aparentemente por un ajuste de cuentas. Regresaste a mi mente y
recordé que alguna vez me dijiste que Pereira está a mitad de camino entre Cali
y Medellín y que las
vendettas
entre
mafias eran frecuentes.
Mandé los dedos de mi mano izquierda al
dial del radio y lo giré hacia los 97.7 del fm. La voz de un hombre pausado,
claro y fresco, me recibieron. Hablaba del escritor y ensayista norteamericano
Harold Bloom y la forma cómo él había elaborado el canon literario de
Occidente. Allí me quedé. Meses atrás me habías dicho que en las mañanas de los
domingos, el Flaco Marín, si, así le dicen: el Flaco Marín tenía un espacio
que se llamaba, La bohardilla, de mucha demanda entre los oyentes. Creí que al
finalizar el programa, entrarías por la puerta del hotel, pero eso nunca pasó.
Luego del programa, me sacudí la cabeza.
Apagué la radio. Me di unan ducha de 40 minutos. Me coloqué unos jeans
ajustados nuevos que traía. Me solté el cabello que caía sobre mis hombros y
salí hacia el Convivencia Rock. Vi la pantalla de celular y por allí no
estabas.
La tarde arrancó con rock, luego vino el
regué, más tarde algo de pop y de nuevo un rock más fuerte. La fiesta estuvo
buena. Gran sonido. Buenas bandas. Grandes voces. Vi gente comprometida con la
música. Brinque, brinqué y brinqué. Llegué agotada de nuevo al hotel.
El lunes descanso puro. Apegué el
celular. Me quedé envuelta en las gruesas cobijas a la espera de tu presencia.
Por la gran ventana del hotel, las gotas de un invierno imparable golpeaban el
asfalto y en una de las páginas de la prensa se anunciaba una exposición en el
centro cultural Lucy Tejeda.
Salí de la cama y antes de dejar el
hotel, el mesero me entregó una nota escrita con tu puño y letra, donde me
decías, que vainas del oficio periodístico como cubrimientos acerca de la ola
invernal y de varias familias damnificadas, el tema electoral, el paro de los
estudiantes de la Universidad Tecnológica y uno que otro accidente, te impedían
estar conmigo. Cerraste diciendo algo así como: el tiempo no es mío, es de las
noticias.
La rabia me corrió por el cuerpo, doblé
la hoja y la arrojé a la basura. Me lancé a la calle a buscar el centro
cultural. Me di cuenta que la biblioteca del tercer piso del sitio estaba
abierta y lo que fue mejor, una mujer de talla gruesa y cabello corto, me dijo
que el lugar ofrecía el servicio las 24 horas del día.
Recordé entonces que odiaba a los
periodistas y a los escritores. Subí hasta el tercer piso y al fondo, un enorme
mural decoraba el lugar. Mesas cómodas, libros, más libros, ventanales y
silencio profundo hacían parte de la biblioteca. Me acerqué a una de las mesas,
saqué un papel de mi morral, empuñé mi bolígrafo y te escribí esta carta:
Mi corazón
estalla por ti. Pero eso ya no importa. No te quiero ver nunca más. Prefiero tu
Pereira, es un encanto, está llena de vida y de cultura.
Atentamente
María
Fernanda
Por: Franklin Molano
Profesor del Programa de Comunicación Audiovisual y Multimedios
Fundación Universitaria del Área Andina
Pereira